Paco Gerte
Quiero contarles una experiencia ocurrida hace algunos años. En esa época ya había tenido oportunidad de que un macho me hiciera suyo, pero una vez no era suficiente; tenía demasiadas ganas de volver a probar y un día fui a ofrecerme como otros putos a la Alameda Central, un parque de la Ciudad de México.

Yo iba vestido normalmente porque soy muy tímido; ya era muy noche y estaba a punto de regresarme sin haber sido tocado por mano u otro apéndice masculino, cuando noté un carro que avanzaba lentamente, mientras su conductor miraba con cuidado al parque.

Pensé que era mi última oportunidad de conseguir alguien que me hiciera gozar abriendo y aunque ya se alejaba, me paré en la orilla de la banqueta mirándolo fijamente. El se dio cuenta y se detuvo unos 60 metros adelante, dio vuelta en U y regresó hasta colocarse a la altura donde yo me encontraba.

Emocionado y temeroso, pues siempre hay quien nos agrede, me acerqué. Saludó y me preguntó qué hacía ahí a esa hora. Nervioso le dije que me sentía solo y que buscaba compañía, momento en el que me percaté de que miraba mis nalgas con gran intensidad.

Sentir que un hombre examinaba mi cuerpo de esa manera para ver si le apetecía y percibir su mirada encendida de deseo, me calentó más aún; quería estar entre sus brazos, mamarlo todo, sentirlo entre mis piernas.

Me preguntó si me gustaría acompañarlo, dije que sí y abrió la puerta de automóvil para que entrara. Empezó a preguntarme algunas cosas sobre mí y eso me puso nervioso, pues nunca me ha gustado la idea de que algún conocido se entere de mis inclinaciones sexuales. El notó mi intranquilidad y dismunuyó la velocidad.

- ¿Qué pasa? Le pregunté, y me respondió que tal vez yo no estaba seguro de querer ir. Eso me volvió a la realidad. Me dí cuenta de que si quería gozar otra vez a un hombre, tenía que ser más audaz.

- Estoy seguro de que quiero ir contigo y tener esto, le dije mientras estiraba mi mano hasta su pene y empezaba a acariciarlo por sobre el pantalón. Aquella maravilla respondió de inmediato y hasta entonces le pregunté cómo se llamaba.

- Paco Gerte, me dijo en medio de una sonrisa, para luego decirme que no parara de acariciarlo. Eso terminó por romper cualquier tensión y camino de su casa me besó apasionadamente, en tanto que yo no me apartaba de aquella hermosa barra de calor que aún no había visto.

Al bajar del auto volvió a mirarme el trasero con un deseo intenso que me hizo temblar. Me desabroché el pantalón y me lo bajé con todo y calzón, y así, con las nalgas al aire para que hiciera con ellas lo que quisiera, lo abracé y ahí en el patio, en medio de la noche, ofrecí mis labios a su boca bigotuda.

Me besó mucho rato al tiempo que masajeaba las nalgas que pronto iba a poseer, e introducía un dedo travieso en mi ano, que voraz lo seguía cuando amenazaba con retirarse. En eso dijo que prefería estar en una cama y me echó sobre sus hombros.

Imaginen la escena: Paco Gerte era alto, delgado pero fuerte y tendría unos 50 años. Me llevaba doblado sobre su hombro derecho, con el culo al aire y de cuando en cuando me masajeaba o me daba un mordisco. Yo ya no podía más, lo que quería era estar sin ropa, desvestirlo a él, acariciarlo y mamarlo, y dejar que me jodiera hasta que no pudiéramos más.

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En cuanto llegamos a la habitación me despojé de todo vestido en los intervalos que él dejaba de besarme, darme lengua y de hacerme cosquillas con su bigote. Yo acariciaba su espalda, su cabello, lo besaba en el cuello, frotaba su verga con mis manos a intentaba desabrochar su ropa, mientras él acariciaba mis huevos, pero sobre todo mi trasero y mi orificio anal. Yo me sentía en la gloria.

Después Paco Gerte se sentó en el borde de la cama, me atrajo hacia sí y me obligó a hincarme entre sus piernas; se incorporó un poco y por fin dejó libre frente a mi rostro su hermosa verga. -Mámala, ordenó, a la vez que tomaba mi cabeza y la aproximaba a su masculinidad.

-A lo mejor al principio te sabe un poco salada, pero no importa; son mis miados y como me vas a comer todo, empieza por ahí.

Qué dulce sentí mi obediencia. Abrí los labios y empecé. Lo limpié de todo resto de orina, ensalivé su filoso glande y succioné el poderoso tronco que recorrí con mi lengua,. Qué sabor tan exquisito, qué sensación tan agradable, y que saladito aquel líquido que manaba por la boca del objeto de mi pasión. Acaricié suavemente con mis dientes sus huevos, los toquetee por todas partes con mi lengua y los ensalivé abundantemente. Qué bien me sentía ahí, arrodillado ante aquel extraño, rindiendo honor a su hombría desde mi obediencia de puto, tratando de satisfacerlo al máximo con el rostro hundido entre su rudo pelambre.

Cuando sentí que Paco Gerte estaba cerca de venirse, pensé que aquello no estaría completo si no me zampaba su órgano por el fundillo, de modo que le pregunté si quería venirse en mi boca o en mi trasero. Su respuesta fue música para mis oídos: -En tu culo, por supuesto. Acostado boca arriba, con las rodillas pegadas al pecho, me levantó y abrió las piernas lo más que pudo a fin de exponer al máximo mi ano. Tomó lubricante y empezó a ponérmelo. Qué delicia sentir cómo me abrían sus dedos expertos y qué emoción sentir que me preparaba para su pito.

Cuando ya estaba lubricado y mi ano un tanto distendido, se hincó frente a mí y así, totalmente abierto como estaba, empezó a hundirse en mí. Yo casi lloraba de alegría: ¡Otro hombre me estaba cogiendo! ¡A fin tenía a un macho dandome por el culo!

El también estaba muy caliente y tras ver que resistía sus primeros empujones, inició un riquísimo metesaca que a mí me arrancaba suspiros, pujidos y quejidos de placer.

Después de un buen rato de gozarnos, me sacó el cañón y me puso en cuatro patas por primera vez en mi vida. -Ahí te va la abreculos, me dijo, al momento en que arremetía sin piedad contra mi trasero recién estrenado.

Parecía enajenado, moviéndose con fuerza y con ritmo, jalándome el pelo, azotando y acariciando mis nalgas. Yo estaba casi igual. Qué puto me sentía, que deseoso de complacerlo aunque me desgarrara el esfínter. Quería ser todo de él, que me sintiera suyo, dominado.

Paré las nalgas lo más que pude y doble la cintura para pegar mi pecho y rostro al colchón; me acoplé a su ritmo, traté de apretarlo en el momento preciso y entonces ocurrió la maravilla: con un prolongado grito de desahogo su verga palpitante arrojó en mis intestinos chorros calientes de semen.

Cuando terminó se dejó caer sobre mí y cariñoso me llenó de besos. Después, con su pájaro dentro de mi culito, nos quedamos dormidos para luego despertar y volver a pegar mis labios a su pinga hasta que nuevamente estuvo en condiciones de atenderme.

Abierto ya mi orificio, no fue difícil montarlo y cabalgarlo mucho rato. Después me poseyó acostados de lado, parando yo el culo para que me penetrara más, hasta que otra vez utilizó mi intestino como depósito de sus mocos. Al final, así poseído de nalgas, en medio de sus besos y mordidas, de su admiración por un puto tan puto como yo, me masturbé y en un largo gemido de placer y contorsiones que estrujaban su poderosa verga me vine y encontré un alivio a mi ardor.

No volví a ver a Paco Gerte. Han pasado algunos años y las oportunidades de entregarme a un hombre han sido pocas. Hace días puse un anuncio en este maravillos CRE, pero no he recibido respuesta, por eso he escrito esta experiencia, para animar a otros Pacos Germe a que prueben hacerme suyo; estoy dispuesto a complacerlos para que queden muy satisfechos. Tengo 36 años, soy moreno, no obvio y muy discreto, pues soy casado, y busco un macho que guste del sexo seguro para ayudarlo con mi trasero a desfogar se calentura.

Daniel Antonio

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