Percances Laborales

Una mujer asciende en su trabajo, y tiene una experiencia con su jefe

La siguiente experiencia que voy a narrarles a continuación, me ocurrió en el invierno de 1995, en la última semana del mes de noviembre, para ser más exacta. Soy una mujer de cuarenta años de edad -casada desde hace doce-, y tengo una linda hija de diez, que está por terminar la escuela elemental.
Mi esposo -que en edad me lleva ocho años- trabaja como ingeniero en una fábrica de artículos electrónicos, Y yo, desde 1992, soy la Gerente General de un importante banco. Mi familia y yo vivimos en Cuernavaca, Morelos (una ciudad bellísima, bastante cercana a la Ciudad de México, D.F.). Y desde que era yo una adolescente, les hago saber, he llevado un ritmo de vida muy saludable, pues he dado lo mejor de mi (gracias a mis largas piernas y mi elevada estatura) en natación, ballet clásico, basket ball y tenis. Asimismo, practico diariamente aerobics, en un elegante estudio, a pocas cuadras del banco en que trabajo. Y con el paso del tiempo -para mi buena suerte-, he podido modelar mi figura con perseverancia y tenacidad, al nivel de conseguir la admiración constante de los hombres cuando visto ropa de trabajo un tanto «ajustada» forzosamente he tenido que dedicar mayores cuidados a mi apariencia personal, en lo que se refiere a maquillaje, calzado, vestuario, cortes y tintes de cabello. Afirmando -sin temor a equivocarme- que todos mis esfuerzos por lucir radiante y bella se han visto siempre «generosamente premiados».

Al principio, cuando mis amigas se enteraron de mi ascenso y me sugirieron teñirme el pelo de rubio y aplicarme también perfumes y cosméticos más seductores de los que solía usar, creí sinceramente que bromeaban conmigo al sugerir tales cosas. Cabe decir que, como administradora de un Banco, pensé que debía vestirme en forma conservadora. Lo creí de verdad. Pero en una de las primeras juntas que tuve en la Central Bancaria del Distrito Federal, poco después de que ésta me contactase para anunciar mi nombramiento de Gerente General, pronto comprendí la importancia que tendría en el futuro de mi carrera el llevar a cabo las sugerencias de mis amigas, al observar que los directores del «Comité Ejecutivo de la Central Bancaria», durante la reunión, trataban con más cortesía y respeto a las Gerentes, Asistentes Administrativas y Contadoras que asistieron mejor vestidas y maquilladas a la asamblea, pues éstos les cedían la palabra entre sonrisas, y agregaban comentarios positivos a sus opiniones sobre los temas principales a tratar. La mayoría de ellos ni siquiera se percató de mi insignificante presencia. Sus ojos se concentraban sólo en aquéllas empleadas administrativas que llevaban minifaldas, blusas apretadas y tacones altos. Y cuando tuve al fin oportunidad de decir las debidas palabras de agradecimiento al Comité Bancario, por mi nuevo nombramiento de Gerente, apenas si se molestaron en voltear a verme, y los que se dignaron a observarme, acompañaban el claro desinterés de sus miradas con largos bostezos. Parecían expresar con sus aburridas miradas: «¿Quién fue el idiota que le ofreció a este "Adefesio" la gerencia de un banco? No hay duda de que vamos de mal en peor en la central. De seguir así, dejaremos de ser un banco respetable.» Creo que nunca en mi vida me he sentido tan avergozada como en esa reunión.

Volví a Cuernavaca renegando de mi suerte, pensando durante el regreso que tomaría las medidas necesarias para ganarme la aceptación de los ejecutivos más importantes de la Central Bancaria. Al día siguiente, como ya se imaginarán, salí muy temprano de compras. Asimismo, conseguí que en un reconocido estilista de uno de los mejores salones de belleza de la ciudad se ocupara de tenirme el pelo, y que tres de sus empleadas me hicieran una limpieza facial y a la vez se ocupasen de embellecerme las uñas. Pasé todo el día probándome diversos tipos de blusas, faldas, minifaldas (bastante ajustadas todas ellas), blaizers, ropa interior (de finos diseños) y medias y zapatillas de tacón alto. De la misma forma, buscando con afán los que realzaran mis ojos café claros y mi tez apiñonada, compré una extensa variedad de cosméticos y accesorios de fantasía fina: collares, brazaletes y prendedores, y varios pares de cadenas y aretes de oro y plata, y también tres relojes importados de brillantes diseños, que hacían juego con el resto de mi atuendo.

Regresé a la casa con el auto repleto pero rebosante de alegría. Ahora iba a demostrarles a los Ejecutivos Bancarios de la Central que no pensaba pasarme la vida siendo ignorada, y que si vestirme bien era el precio para triunfar, estaba más que dispuesta a pagarlo. A mi esposo le hizo mucha gracia verme de un día para otro tan interesada en mi aspecto personal y en mi vestuario. Y cuando me probé ante él una de las minifaldas, blusas y zapatillas que pensaba lucir en la próxima reunión, se echó a reír a carcajadas. Dijo que le causaba mucha gracia ver a su esposa convertida en «toda una mujer de éxito». Yo, quizá por encontrarme tan concentrada en mis asuntos, no hice caso alguno de sus comentarios. Considero que es natural que ciertos esposos, después de tantos años de ver vestida y desnuda a su pareja, ya no se excite como en los primeros meses anteriores al matrimonio.

Me resulta triste confesarlo, pero a mi media naranja le daba lo mismo. Su mente, en esos días, no se interesaba por otra cosa que no fuera su trabajo. Y llevábamos ya varias semanas sin hacer el amor, lo cual, debido a los extenuentes deberes de nuestros respectivos empleos, ninguno de los dos echaba en falta. Así pues, llegó finalmente el día en que tuve que presentarme en la Central Bancaria Capitalina para enfrentar de nueva cuenta las miradas del Comité Ejecutivo. Esta vez, sin embargo, las cosas fueron sumamente distintas. Llegué a la junta a las nueve de la mañana (tal como estaba previsto) vistiendo zapatillas de tacón alto color negro, minifalda ajustadísima (del mismo color de los zapatos) medias obscuras hasta la entrepierna (sostenidas por sus respectivos ligueros del mismo color) blusa blanca y sostén de algodón delgado y transparente, y un blaizer rojo de corte inglés. Y mi pelo, que hasta ese día fuera castaño obscuro, ahora era rojizo brillante. En el salón de juntas, todos los hombres que se encontraban ya listos para comenzar la sesión, al verme entrar me examinaron de arriba para abajo, con la lujuria brillando en sus miradas. Esta vez no sólo añadieron comentarios positivos al terminar mi presentación, sino que algunos de ellos se apresuraron a decirme que les gustaría conocer mi «acertada opinión» sobre el modelo de «organización administrativa» que utilizaban como Gerentes. Todo ello, desde luego, acompañado con una seductora sonrisa y una invitación a cenar a un buen restaurante.

No obstante, el comentario que yo más esperaba escuchar era el del presidente del comité, un hombre calvo, regordete y bajo, de unos sesenta años de edad, con cara de pocos amigos, que había pasado buena parte de la junta mirándome discretamente. Aquel hombre era dueño absoluto del «Futuro Bancario» de cada uno de los ahí presentes. Y por lo que me dijera el antiguo Gerente General, a quien yo había reemplazado, era una persona de carácter difícil, que solía destituir con suma facilidad a quienes no encontraba lo suficientemente competentes en sus funciones administrativas. Eso era precisamente lo que no dejaba de preocuparme. Por una parte, porque en caso de ser destituida de mis funciones, más me valdría renunciar a mi empleo, puesto que de no hacerlo, sin duda me convertiría en la «hazmerreír» de los otros empleados del Banco en que pasé a ser Gerente General. Todo un dilema. Ahora bien, en cuanto terminó la junta, el Presidente de la central envió a su secretaria a decirme que deseaba verme cuanto antes para hablar conmigo en su oficina. Le di la gracias a la secretaria , haciéndole notar que pasaría enseguida a verlo. Cuando llegué a la antesala del despacho del presidente, sentí mariposas en el estómago.
Me pregunté cómo debía de comportarme y qué clase de respuestas ofrecería a sus preguntas. Así pues, me armé de valor, y entré a verlo en cuanto su secretaria me dijo que podía pasar. El hombre, cuando entré, se encontraba sentado a su escritorio, cómodamente. Sonreí lo mejor que pude al entrar. Él, mirándome con seriedad absoluta, me invitó a sentarme en la lujosa silla de cuero café que se encontraba frente a su amplio escritorio. Su mirada vidriosa recorría con lentitud el contorno de mis largas piernas. Yo lo miraba conteniendo a ratos la respiración, temerosa.

«Veo que mis asesores han acertado al elegirla Gerente General de nuestra sucursal de Cuernavaca, señora Lizette Montserrat. Tiene usted todo el aspecto ejecutivo que requiere nuestra empresa», dijo pausadamente. «Gracias, señor Salavarrieta. Pondré lo mejor de mí en lo referente a mis funciones», respondí. «Estoy seguro que así será... -explicó él, tajante, haciendo más severo su tono de voz-. Aunque debo advertirle que soy una persona difícil de complacer en lo que a calidad administrativa se refiere. Le hago saber que si por alguna razón descubro que no es usted la persona adecuada para el puesto que ha pasado a ocupar, la destituiré de su cargo. Que le quede eso muy claro...», sentenció molesto. «¿Entendido?», preguntó después, tenso y autoritario. «Sí, señor Salavarrieta -respondí yo, con voz nerviosa, apenas audible-. Se hará todo lo que usted ordene.» El hombre recargó su espalda en su amplio sillón, limpió brevemente las solapas de su
saco, y me ofreció un cigarrillo del interior de su cigarrera de oro, que guardaba en uno de sus bolsillos, el cual rechacé agradecida, sonriéndole. Sin más, encendió su cigarrillo, y se puso a fumar tranquilamente. Yo sentí que estaba a punto de desmayarme de los nervios, pero traté de controlarme lo mejor que pude.

«Vamos, vamos, que no es para tanto, señora Monserrat», dijo rompiendo el silencio del despacho, en tono más amigable. «Lo que le he dicho es una mera formalidad profesional. Le pido que por favor me vea de ahora en adelante como a alguien en quien puede usted confiar, como a un amigo o un mentor en su distinguida carrera bancaria», expresó, suavizando el tono de su voz. «Tenga la seguridad de que así lo haré, señor Presidente, y aprovecho para agradecerle el que me brinde su confianza y la oportunidad de ser parte de su equipo de trabajo», expliqué, sintiendo que el alma me volvía al cuerpo.

«Dígame una cosa, señora Montserrat, de no considerarlo una intromisión de parte mía, por supuesto, ¿dónde compró ese calzado tan bonito que lleva puesto?», dijo señalando mis zapatillas de tacón alto, mientras que se asomaba a mirar por encima de su escritorio la zapatilla de mi pie derecho, admirando a su vez las incitantes curvaturas de mi pierna derecha, que tenía cruzada sobre mi otra pierna en ese momento. «¿Le gusta?», pregunté con voz de niña bobalicona. «Mucho», explicó él. «¿Me permitiría ver su zapatilla un momento?», preguntó sonriente. «Por supuesto», dije yo, quitándome la zapatilla del pie, en tanto que descruzaba la pierna derecha. Y una vez que lo hice, sus ojos, en lugar de contemplar la zapatilla que acaba de poner en sus manos, fueron veloces a posarse en el triángulo níveo que formaba ahora mi ropa interior de encajes al descruzar la pierna. Tomó la zapatilla y la sostuvo en su mano izquierda, fingiendo examinarla. Pero lo que en realidad estaba examinando, con excitado disimulo, era el blanco diseño de mis panties y la transparencia de mis medias obscuras con sus sensuales ligueros. En otras circunstancias, sin duda, hubiese cruzado las piernas inmediatamente. Pero en esos instantes, frente al hombre que tenía en sus manos el futuro de mi carrera administrativa, no lo hice. Por el contrario, sobreponiéndome a mis escrúpulos, entreabrí un poco más las
piernas, para que él pudiera apreciar con mayor claridad el verdadero tamaño de mi sexo, oculto tras la serpenteante blancura del tejido de mis panties. Noté que su rostro comenzaba a enrojecer de excitación, y que el sudor iba manando copiosamente de sus sienes y de su frente. Permanecí en esa posición durante varios segundos.

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Su secretaria, sin embargo, tras tocar brevemente la puerta del despacho, preguntó si le permitía entrar. Esto hizo que ambos adoptáramos las posturas debidas al oirla. Cerré rápidísimo la piernas, y él se dejó caer de golpe en su sillón. Pidió a la secretaria que pasara, adoptando de inmediato una actitud muy formal. La joven entró a decirle al señor Salavarrieta que tenía una cena de negocios a las siete de la noche, y que su chofer lo estaba esperando ya en estacionamiento del edificio para llevarlo al lugar convenido. El Presidente del Banco se levantó de su asiento y, con la falsa algarabía laboral que caracteriza a los hombres importantes, me pidió entre sonrisas que lo acompañara hasta la entrada del edificio. Al salir ambos de la oficina, su secretaria le entregó su costoso portafolio, el cual contenía los documentos legales que presentaría en la cena. Luego, la chica nos despidió con gran amabilidad. Como era la hora de salida de los empleados, había mucha gente esperando en los pasillos el elevador. Pero al ver que el Presidente del Banco se acercaba junto conmigo a los elevadores, se apartaron discretamente de las puertas, para que nosotros dos pudiésemos entrar primero. «La semana entrante me gustaría darle su nuevo programa de trabajo, señora Montserrat. Mi secretaría le hará saber los detalles de nuestra próxima junta, para la Evalución Operativa de su Sucursal en Cuernavaca, que es una de las mejores del país», puntualizó, en un tono estrictamente profesional.

Los otros empleados, fingían revisar sus documentos, hablaban en voz baja, o bien, buscaban con la vista telarañas en el techo, pretendiendo ignorar por completo la temática de nuestra charla. El timbre del elevador iluminó el número del trigésimo piso en que nos encontrábamos, y se abrieron las puertas. El señor Salavarrieta, como era de esperarse que se comportara frente a sus subordinados, me invitó cortésmente a pasar primero. Entré agradeciendo su cortesía. Quedamos bastante cerca el uno del otro, en una esquina del ascensor, mientras que los demás empleados comenzaban a ocupar el espacio restante.

El señor Salavarrieta me pidió que me moviera un poco, quedando yo justo delante de él, en lo que se inclinaba a acomodar su portafolio en el piso alfombrado de aquel reducido recinto, colocándolo muy cerca a la pared que tenía a su diestra. Ambos sonreímos discretamente cuando una empleada bastante gorda del departamento de inversiones que acababa de entrar nos apretujó contra la esquina que ocupábamos. La gente seguía entrando y entrando, y yo, de cara a la entrada, veía como el elevador se iba convirtiendo poco a poco en una auténtica lata de sardinas. Una vez que el ascensor estuvo lleno, se cerraron la puertas y éste comenzó a descender. Pero no bien había avanzado más de tres pisos, se detuvo de golpe, y todas las luces se apagaron. Seguramente se trataba de un desperfecto mecánico. Oí la voz tranquila de uno de los empleados que se hallaba junto a la caja de controles, pidiendo al grupo que por favor no nos inquietásemos, puesto que de un momento a otro los empleados de mantenimiento del edificio solucionarían la falla eléctrica. La gente, al saberlo, empezó a conversar en voz baja en la oscuridad sobre cosas de poca importancia, o tocante a la ola de apagones que afectaba diariamente a la ciudad desde hacía varias semanas. Yo me mantuve tranquila en silencio, escuchando lo que ellos decían para olvidarse de la incomodidad de aquel ambiente.

De pronto, sentí cómo el señor Salavarrieta se recargaba suavemente en mi espalda. Y me quedé inmóvil de la sorpresa cuando comenzó a repegar su miembro contra mis caderas. La empleada gorda que se hallaba a un costado mío, se puso a hablar con la amiga que tenía al lado sobre el viaje que iba a relizar a Cancún el próximo mes. Y los dos ejecutivos que tenía yo enfrente, se pusieron a debatir detalles de los equipos nacionales de futbol. El Presidente del Banco, aprovechando lo ventajoso de la situación, siguió frotando su duro miembro contra mis caderas (sabiendo que no me atrevería a protestar del nerviosismo que sentía). Lo estuvo girando en círculos alrededor de mi trasero durante unos minutos, presionándolo luego con firme suavidad hacia adelante. Cerré los ojos y respiré profundamente, temblando exaltada. A continuación, su mano derecha empezó a acariciar mis caderas, y la hizo descender con lentitud hasta el borde de mi minifalda, sujetando con los dedos la tela de ésta, para luego irla subiendo muy despacito. Pensé que lo mejor era, por mi propio bien, dejar que me manoseara a su antojo, y que debería de poner todo de mi parte en complacerlo. Su ardorosa mano, dejó la ajustadísima tela de mi minifalda a mitad de mis caderas, y posteriormente, sus gruesos dedos se concentraron en acariciar la tela de mis panties. Pero éstos lo hacían a pausas, con meticulosa discreción, evitando los movimientos bruscos que pudieran revelar a los demás lo que estaba ocurriendo en el recinto. Yo me mordía los labios, conteniendo en repetidas ocasiones el aliento, sintiendo su dedo índice recorriendo ya la delgada tela de mis panties y descender lentamente hasta que la yema de éste logró alcanzar la esponjosa superficie de mi sexo. Recordé entonces lo que minutos antes había hecho en su despacho al dejarle ver con claridad mis seductoras panties, y tuve que reconocer que en gran parte yo era responsable de lo que me sucedía ahora.Pienso que el señor Salavarrieta en esos momentos se moría de ganas de penetrarme allí mismo. Podía sentir su deseo quemándome la piel, trastornando sus sentidos. Y por el tamaño de su falo sediento de albergue, apuntando al objetivo, entendí lo doloroso de su mala suerte. ¡Qué más le habría pedido a la vida en esos instantes!... Pero sabiendo que estábamos rodeados de Oficinistas Bancarios, se limitó a frotar su sexo decenas de veces contra mis caderas. Y mientras que lo restregaba incansable una y otra vez en la escultural redondez de mi voluptuoso trasero, traté de imaginar la solidez de su miembro de hombre maduro al avanzar entre la negra espesura de mi vello púbico e ir introducié ndose con palpitante firmeza en los húmedos labios de mi vagina... Una vagina dulce y grande que comenzaba a exigirme ya con agobiante insistencia, por las noches, el ser penetrada...

Súbitamente, una serie de sacudidas -en la densa obscuridad de aquel atestado compartimento- nos hizo saber que la corriente eléctrica reestablecería en pocos segundos el uso del elevador. Antes de que se encendieran las luces, me arreglé de prisa la minifalda. El Presidente del Banco, al darse cuenta también de lo que pasaba, se apartó discretamente de mi cuerpo. Levantó su portafolio del lugar en que minutos antes lo dejara, y poniéndolo con rapidez a la altura de su cinturón, ocultó con él la tremenda erección de su miembro que le había provocado el haber estado presionándolo con irresistible frenesí contra la tersa y mullida piel de mis turgentes caderas, como también el haberse dado el lujo de explorar con sus dedos la superficie de mis panties y mi sexo.

Las luces se encendieron fulgurantes, lastimando nuestros ojos. El elevador comenzó a descender. «Estas inoportunas fallas eléctricas, señora Montserrat, provocan serios retrasos a quienes utilizan el transporte subterráneo, «Metro». Y esto, en consecuencia, genera graves congestionamientos vehiculares en las principales avenidas de la ciudad», dijo con aire despreocupado, mirando su reloj. «Pienso que sí, señor Salivarrieta. Aunque, en cierto modo, pueden quizá resultar divertidos y relajantes para algunas personas...», expuse. «¿No lo cree usted?», inquirí con una afable sonrisa (ocultando en ella el «ofuscante recuerdo» de lo ocurrido momentos atrás), y, con expresión risueña, observé a la gente salir presurosa del elevador, para luego dirigirse hacia la puerta principal del primer piso de la Central Bancaria.

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