Tres lustros deseándola
Esta es la historia de una larga pasión. La deseo a pesar del mucho tiempo transcurrido, donde, como única recompensa sólo nos habíamos besado, aprovechando pequeños deslices en reuniones, fiestas o excursiones, hasta el día que a continuación relataré. Antes conviene situar algunos aspectos, por ejemplo: su pareja y ella son amigos, de siempre, míos y de mi pareja. En alguna ocasión se nos ha visto el plumero, sobre todo cuando, sin cortarme un pelo, la he piropeado delante de quien estuviese, situaciones en las que tanto mi mujer como su marido dieron ciertas muestras de mosqueo.
Sin embargo jamás nuestro mutuo deseo ha trascendido a situaciones, digamos, desagradables, tal vez por la excesiva prudencia que siempre hemos mostrado. Pero metiéndonos en materia, todo comenzó a tomar un cariz favorable a ambos, cuando hará un mes ella me envió, vía correo electrónico, un documento que yo debía hacer llegar a otras personas. Lo estudié y le hice algunos cambios a dicho documento, después le contesté que si le gustaba como quedaba, que se lo había arreglado a mi gusto, contestación llevada a cabo también vía e-mail. Ella a su vez contestó por correo electrónico, que se lo había dejado perfecto.
Sutiles mensajes que han disparado en ambos nuestra lívido a cotas insospechables hasta hace poco. La consecuencia más inmediata fue que en las siguientes ocasiones en que nos vimos, era irremediable intentar tocarnos físicamente, aprovechábamos cualquier coyuntura; la más arriesgada era la de besarnos en la boca fingiendo besos amigables de saludo al vernos, cuando menos rozábamos con sutileza nuestras lenguas. O bien, si por unos momentos nos quedábamos solos en una habitación, seguíamos hablando, como si nada, al tiempo que le acariciaba sus tetas o ella hacía lo propio con mi pene por fuera del pantalón... Era demasiado el calentón en que nos sumimos, y que de hecho sigue muy vivo, necesitábamos imperiosamente hacernos el amor. Una tarde, Carmen fue a mi trabajo a llevarme un nuevo documento.
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Mientras llegaba, desde la entrada a mi oficina, pudo comprobar que, por la hora, no quedaba nadie en mi empresa. Entró en mi despacho sonriente, destacándosele, sobremanera, sus preciosos ojos verdes y un par de bellos abultamientos realzados por la malla que vestía, donde los pezones parecían intentar perforarla para darme el gustazo, que siempre soñé, de comérselos. ¡Qué ganas tenía de ponerlos en mis labios!. Se sentó frente a mi y me preguntó si estaba sólo, a lo que contesté que sí. Inmediatamente me pidió donde estaba el aseo, acudió y en cinco minutos volvió a mi despacho: ¡Alucinante!, se había soltado el pelo (lo tiene larguísimo, es morena y le queda precioso), pero además lo más sorprendente fue que no llevaba la malla, llevaba una chaqueta cerrada que dejaba ver un generoso escote en apariencia sin sujetador. Seguimos hablando del asunto para el que había venido, pero pronto entendí que los cambios volvían a ser un mensaje, en este caso visual, para que pasásemos a la acción.
Para que no resultase brusca la situación, la invité a acercarse a que viese unos papeles, en ese momento, mi contención cedió definitivamente y la atraje hacia mí besándola hasta la extenuación. Al mismo tiempo que la besaba, desabroché su chaqueta y, por fin, pude tener para mi solo sus maravillosas tetas. Pegué mi cara en su pecho y restregué y restregué hasta que sus gemidos se convirtieron en gritos de placer. Sin pausa, se quitó la falda y, ¡qué vieron mis ojos!, también se había quitado las bragas en el aseo, tenía su pubis frente a mí. Mi lengua se entregó en su clítoris y de todas las inconexas frases que nos dijimos, solo de una me acuerdo, cuando ella me decía: "estamos locos, Antonio, pero me encanta lo que estamos haciendo".
Desde ese momento fusionamos nuestros cuerpos y solo lo tarde que era nos hizo reaccionar para volver cada uno a nuestras respectivas casas. No sé que pasará en un futuro inmediato pero, sin abandonar a nuestras parejas, espero que repitamos lo de ese día cada vez que se dé la ocasión.

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