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| Un Dulce Secuestro | ||
| Me llamo Eva, tengo 22 años, mido 1,65, peso 52 kilos y tengo un físico que a mí me gusta, aunque soy un poco flaquita. Yo era de las que sentían asco de solo pensar en tener una relación homosexual... hasta que me tocó. ¡Y enhorabuena! Fue a los 19 años. Yo iba a la facultad y trabajaba. Compartía el departamento con Marcela, una compañera de estudios, que tenía 27 años. Mis padres viven en el interior del país y yo había venido a estudiar aquí. Al tiempo de estar con Marcela, sentía por ella una cosa muy rara. Era una chica muy cariñosa, todo el tiempo me llamaba bebé y me daba muchas caricias, que a cualquier otra mujer yo no le hubiera permitido. Pero, no sé... me gustaba. Aunque yo quería negarlo, ella me atraía mucho. Tenía una figura hermosa... era muy alta, buen cuerpo... en fin, una potra. Pero bueno, vamos al punto. Todo ocurrió una noche. Habíamos estado bebiendo en casa y ya estábamos las dos un poco borrachas, semidesnudas y sentadas en unos almohadones en el piso. Como siempre, ella fue la que tomó las riendas. Comenzó a acariciarme el pelo y luego tomó mi cara y me dió un beso de aquellos. Primero la alejé, pero luego yo misma volví a besarla apasionadamente. No lo podía creer...¡estaba besando a una chica! Marcela me quitó casi con violencia la camiseta que llevaba puesta y comenzó a besarme salvajemente los pezones. Yo sólo cerré los ojos y me dejé hacer, casi gritando de calentura. Me arrancó las bragas y comenzó a lamerme el coño, mientras me decía cosas como "por fin sos mía, putita" "te gusta... sos tan chiquita y tan puta..." Esa y varias noches más dormimos abrazadas, haciendo el amor sin parar. Ella me enseñó como y donde besarla... cuando hacerla acabar... A los pocos días, un domingo por la mañana, estábamos en mi cama luego de hacer el amor. Yo estaba por levantarme, porque como todos los domingos iba comer a lo de mi tía. Marcela se incorporó en la cama y se arrodilló a mi lado. "No quiero que te vayas, asi que voy a secuestrarte". Nos reímos juntas. Yo le pasé un pie por los pechos, sabiendo que esto le calentaba mucho. "No creo que te animes" la desafié. Me tomó el pie y comenzó a besarlo, mientras me decía "Vos de acá no salís". Riendo traté de incorporarme, pero ella se abalanzó sobre mí y comenzamos a luchar, siempre como un juego. Como era más grande, enseguida yo estuve boca abajo con ella sobre mis espaldas y sujetándome las manos. Indudablemente esto lo venía preparando, porque sacó un montón de cuerdas de abajo de la cama y con una de ellas me ató fuertemente las manos a la espalda. Yo me resistí, pero sin poder parar de reír. Era indudable que ese juego gustaba. Cuando ya estuve indefensa, me dió vuelta y me estampo un beso, metiéndome la lengua hasta la garganta. "Ahora vas a ser mía todo el tiempo que yo quiera ¿te gustaría?" me dijo con una sonrisa sádica. "Aunque no quiera, ya estoy en tus manos...¿qué vas a hacer conmigo? No me contestó. Tomó una de sus bragas que estaba en el suelo y me la metió en la boca, al tiempo que la aseguraba con un pañuelo, que también estaba bajo la cama. Luego me amarró los tobillos uno a cada uno de los parantes de la cama, dejándome las piernas totalmente abiertas. Finalmente, me colocó una especie de correa en el cuello y la amarró con otra cuerda al respaldar de la cama. Ahora sí... yo no podía moverme y estaba a su entera disposición. Pero este juego me gustaba cada vez más, y sentía que mi coño chorreaba placer. | ||
| Comenzó
a jugar con mis pies, primero besándomelos y luego haciéndome cosquillas
en las plantas, mientras yo me movía desesperadamente de un lado a otro,
ahogando mis gritos con la mordaza. Cuando tuve bastante, comenzó a besarme
y morderme los pezones, pasó sus afiladas uñas por mi panza... por mis piernas.
Y sólo después, se arrodillo entre mis piernas bien abiertas y comenzó a
lamerme el coño...Daba con su lengua suaves golpes en mi clítoris, y con
sus manos amasaba salvajemente mis tetas. Yo gemía y estaba a punto de tener
el orgasmo más maravilloso de mi vida. Pero justo cuando estaba a punto
de llegar...Marcela se detuvo. Se incorporó y se quedó observándome sádicamente,
mientras yo trataba de gritar, insultándola ahogadamente y retorciéndome
de un lado a otro. Y pensar que una semana antes a mi no me gustaban las
mujeres... Cuando disfrutó de mi sufrimiento se arrodillo sobre mí y me
quitó la mordaza. Le supliqué llorando que me hiciera acabar... le prometí
que haría todo lo que ella quisiera, pero por favor ... "HACEME ACABAAAARRR"
Me besó y me dijo tomándome la cara. "No vas a acabar vos sóla...vamos a
acabar juntas" Se colocó de espaldas a mí para hacer la 69, y puso su coño
sobre mi boca. Desesperada como estaba, la lengua no me alcanzaba para lamerle
todo el interior, que estaba inundado de jugos. Ella gritaba de placer,
y comenzó a chuparme con violencia el coño, mientras me metía un dedo dentro
del culo hasta hacerlo desaparecer por completo. Mis tobillos estaban doloridos,
por la fuerza que hacía para zafarme de mis ataduras... pero era imposible.
Ya sentía mis manos en la espalda totalmente entumecidas... pero no me importaba...
Ambas gritábamos y lamíamos... yo casi llorando y ella como una guerrera.
Hasta que acabamos juntas, entre espasmos desesperados. Yo estaba casi desmayada...
casi no podía abrir los ojos. Ella descansó un momento...y luego sin desatarme
me besó en los labios y me acarició todo el cuerpo "¿Querés que te desate?
Casi sin voz, contesté "Hacé lo que vos quieras... me siento más tuya que
nunca". Marcela se incorporó y comenzó a vestirse, mientras yo seguía atada
e intentando recuperarme. Cuando estuvo vestida, volvió a la cama. Sin decir
una palabra, me desató los tobillos. "Voy a salir un ratito...pero voy a
dejarte atada, para que no te vayas" Me dijo con una sonrisa. "No me voy
a ir... pero soy tuya...hacé lo que quieras." Sonrió y volvió a besarme
acariciándome el pelo. "Como te quiero, mi bebé" me susurró al oído. Juntó
mis pies, los besó y volvió a atarlos uno con otro fuertemente. Me quitó
la correa que me unía al cabezal de la cama, me vendó los ojos, volvió a
amordazarme, esta vez con una cinta autoadhesiva para embalajes, y escuché
el sonido de sus tacos y la puerta del departamento que se cerraba. Así
me quedé largo rato... atada e indefensa, esperando su regreso. Volvió cerca
de una hora después, pero todo lo que vino, voy a contárselos más adelante. Eva |
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